sábado 1 de diciembre de 2007

La teoría de Stendhal


Partimos las lecciones de Stebdhal al revés. Ahora, vamos a presentar la parte medular de su teoría. Sus definiciones y clasificaciones que, una vez aprehendidas, se aplican a la realidad. Definitivamente, tenemos mucho que aprender. Muchos miembros del CEA se sentirán directamente aludidos, y se encontrarán consigo mismos en alguna de las distinciones que hace Stendhal. Ahí va:

Capítulo I. Del amor.
Intento entender esta pasión cuyas fases sinceras son siempre bellas.
Hay cuatro amores diferentes:
1°. El amor pasión: el de la monja portuguesa, el de Eloísa por Abelardo, el del capitán De Vesel, el del gendarme de Cento.
2°. El amor placer: el que reinaba en París hacia 1760 y se halla en las memorias y novelas de esta época, en Crébillon, Lanzun, Duclos, Marmontel, Chamfort, madame d´Épinay, etcétera, etcétera.
En este cuadro, todo, hasta las sombras, debe ser color de rosa, no debe entrar en él, con ningún pretexto, nada desagradable so pena de carecer de mundo, de buen tono, de delicadeza, etc. Un hombre de alta estirpe conoce de antemano todos los procedimientos que debe emplear y hallar en las diversas fases de este amor; no habiendo nada en él de pasión y de espontaneidad hay a veces más delicadeza que en el amor verdadero, porque en él interviene siempre mucho la inteligencia; es una fría y preciosa criatura miniatura comparada con un cuadro de los Carracci, y mientras que el amor pasión nos arrastra por encima de todos nuestros intereses, el amor placer sabe siempre conformarse a ellos. Verdad es que, si a ese pobre amor se le quita la vanidad, queda muy poca cosa; una vez privado de vanidad, es un convaleciente debilitado que puede apenas arrastrarse.
3°. El amor físico: Yendo de caza, hallar una hermosa y fresca campesina que huye por el bosque. Todo el mundo conoce el amor fundado en esta clase de placeres; por muy árido y poco afortunado que sea de carácter, se comienza por ahí a los dieciséis años.
4°. El amor vanidad: La inmensa mayoría de los hombres, sobre todo en Francia, desea y tiene una mujer de moda, como se posee un hermoso caballo, como una cosa necesaria al lujo del mancebo. La vanidad más o menos halagada, más o menos picada, arrebata como el amor. A veces participa del amor físico, pero ni siquiera siempre; a veces, ni aún el placer físico interviene. Una duquesa no tiene nunca más de treinta años para un burgués, decía la duquesa de Chaulnes; y los que frecuentaron la corte de aquel hombre justo que fue el rey Luis de Holanda recuerdan aún con alegría a una hermosa mujer de La Haya que no podía menos de encontrar encantador a un hombre que fuera duque o par. Pero, fiel al principio monárquico, en cuanto llegaba un príncipe (ojo doc) a la corte, dejaba plantado al duque: aquella mujer era una especie de condecoración del cuerpo diplomático”.